Por Carolina Oiza*. Es la tercera semana de confinamiento en España y desde el sofá -mi nuevo lugar preferido- confirmo con una nota del diario El País lo que ya imaginábamos: “[el presidente] Pedro Sánchez alarga dos semanas más el estado de alarma y avisa que habrá más prórrogas”. Perfecto, hasta el 26 de abril ese rincón de la casa y yo seremos carne y uña.

Con mi compañero nos miramos buscando alguna respuesta a lo que nos resta de encierro, en un departamento de pocos metros cuadrados y al que le vendrían bien los rayos de sol del jardín de la casa de mis padres en la calle Alvear. Por un rato me imagino haciendo la cuarentena en Bolívar, aquella ciudad que dejé hace muchos años pero a la que, en estos tiempos de nostalgia, volví con los recuerdos casi todos los días.

Mientras compartimos el café como todas las mañanas y nos enorgullecemos por los croissants que cocinamos el día anterior, nos hacemos conscientes del tiempo que llevamos encerrados. En Barcelona las calles están prácticamente vacías hace más de veinte días, los bares y negocios cerraron, los supermercados tienen horarios determinados de trabajo para reducir el contacto pero los centros de salud colapsaron durante la primera semana. Sabemos que gracias a las medidas del gobierno el número de víctimas se mantiene en descenso desde hace cuatro días y quedarnos en casa es la mejor opción aunque nos pese.

“En Barcelona las calles están prácticamente vacías hace más de veinte días”

Desde que se declaró el estado de alarma, los planes más emocionantes fueron ir a la verdulería, al supermercado y sacar la basura en un intento de cruzarnos con la menor cantidad de personas posibles. El paisaje de primavera es entre triste y chistoso. Sólo vemos a alguna vecina con barbijo paseando a su perro en la plaza de la esquina o a otro que cruza con una bolsa bajo el brazo como escudo anti-multas. 

Como a la gran mayoría, el Covid-19 nos dejó sin tareas. El trabajo que hacemos todos los días no podemos desarrollarlo desde casa, por lo que desde la primera semana todo se volvió imaginación. Empecé y abandoné dos cursos, frustré mi no-talento musical con un guitalele (una especie de guitarra y ukelele que me llevó a la ruina emocional durante los primeros días), barnicé muebles, me compré fibrones por internet y descubrí que el dibujo tampoco era lo mío, dediqué un par de días a “hacer ejercicio” y me arrepentí de sobremanera durante los siguientes cuando el cuerpo me dolía hasta para levantar un papel del piso. 

Sin embargo, en menos de un mes me convertí en una experta panadera (a mi entender), algo que no hubiese hecho en otro momento pero parece que ahora es una especie de terapia para mi y, por alguna extraña razón, las horas se me pasan a la velocidad de la luz entre harinas, levadura y agua mientras dejo algún registro en Instagram. 

“El número de víctimas se mantiene en descenso desde hace cuatro días y quedarnos en casa es la mejor opción”

En el medio de todo esto que nos inventamos para pasar el rato, y donde recibir poca información se convirtió en una especie de medicina salvadora para estos tiempos de encierro, las videollamadas también son parte de la improvisada rutina. A pesar de las cinco horas de diferencia logro organizarme con amigues del otro lado del mundo y a las 8 p.m. siete personas estamos contando cómo pasamos el rato, debatiendo sobre teorías conspirativas alrededor de esta realidad y hasta pidiendo consejos o ideas nuevas para implementar en el día a día.

En ese momento escucho una lluvia de aplausos que inundan el patio interno del edificio y me acerco a acompañar el suspiro de aliento para los que tienen que cuidarnos. Y pienso: “Si todo fuera esto…” o como dicen mis amigues catalanes, tot fos aixó.

*Bolivarense residente en Barcelona, España.

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