En un nuevo aniversario de la Guerra de Malvinas, dialogamos con José “Chino” Castro, autor del libro Hasta tu sonrisa siempre, que relata la vida del bolivarense -luego radicado en Lobos- Horacio José Echave, quien murió en las islas el 14 de junio de 1982 y cuyos restos, que yacían en el cementerio Darwin, fueron identificados el 15 de diciembre de 2017.

– ¿Quién fue Horacio José Echave?

– Fue una víctima más de la dictadura que junto a centenares de argentinos, pibes de entre 17 y 19 años, fue mandado a una guerra sobre la que no se sabía nada, no estaban preparados, no contaban con herramientas ni recursos como para hacerle frente nada menos que al ejército inglés, uno de los más poderosos del mundo.

Hay una vieja discusión respecto a si fueron víctimas o héroes, yo creo que fueron las dos cosas porque termina peleando y dando la vida por la patria aún mandado por la peor dictadura que azotó a este país. Lo que prepondera en mi mirada es que Horacio Echave fue una víctima fundamentalmente, aunque también termina vistiéndose con el traje de héroe, en particular por cómo muere él. Tuvo un final especialmente duro. 

– ¿Cómo muere? 

– Él muere el último día de la guerra, cuando la rendición Argentina ya había sido. Como en esa época no existía el Whatsapp (por la instantaneidad del mensaje), algunos soldados seguían combatiendo y no se enteraron todos al mismo momento que el conflicto había terminado. Él ya estaba volviendo a Puerto Argentino cuando se cree que una de las últimas bombas inglesas lo liquida. Respecto a eso hay muchas versiones: hay quienes dicen que una bala impactó en su casco, que el casco vuela y cae y cuando él retrocede unos metros  a buscarlo es víctima de la que sería la última bomba lanzada por los ingleses. 

Después pasa que su cuerpo desaparece y pasa a ser uno de los 122 soldados “solo conocido por Cristo” y recién sus restos son identificados en diciembre del 2017. Por eso digo que fue especialmente duro el final de Horacio, no porque los demás hayan sido finales que inviten a la serenidad a sus deudos, pero lo de él fue puntualmente espantoso. 

El libro fue patrocinado por la Dirección de Derechos Humanos de Bolívar, a cargo de Marianela Zanassi.

– ¿Con qué historia te encontraste cuando empezaste a trabajar en el perfil de Horacio? 

– Me encontré con un pibe de pueblo, común, medido, divertido, sonriente. El típico buena onda que alegra los grupos, al que esperan para empezar a reírse. Buen hijo, buen hermano, buen amigo y mal alumno. El estudio no le gustaba. Él quería laburar en el ferrocarril para seguir los pasos del padre pero mientras tanto hizo otras cosas. Me encontré con ese pibe que podría haber sido cualquiera de nosotros. No tenía vocación de militar, no fue a la guerra porque estaba formándose como militar sino porque estaba el servicio, que era obligatorio.

– En todo el proceso de producción del libro, ¿qué vínculos lograste con la familia? 

– La apertura y la disposición de la familia fue total, seguramente yo hice algo para que eso pase, pero la puerta la abren ellos. Marianela Zanassi [Directora de Derechos Humanos de Bolívar] es quien me convoca a escribir el libro y tiende el primer puente. La familia estaba totalmente dispuesta a colaborar porque les gustaba el proyecto, no tenían ni idea quien era yo, no sabían nada de mi historia, no habían leído ni una nota mía, no me habían escuchado en la radio ni por ninguna parte y se mostraron totalmente abiertos, sobre todo Analía Echave, la hermana más chica  de Horacio. Ella fue el motor del libro, sin ella este libro no existiría. 

– ¿Qué cosa te impactó más en toda esta historia? 

– ¡Qué pregunta! No sé si lo había pensado. Creo que la capacidad de supervivencia que puede tener un ser humano y cómo la vida le gana a la muerte. En este caso la vida también le ganó a la muerte, porque Horacio Echave no está pero está porque cada minuto, de cada día, de cada año su familia enciende la chispa del recuerdo. Que la familia se esmere en hacer esa labor de hormiga diariamente prueba que la vida le gana  a la muerte.

Lo que me sorprende es cómo se pueden encontrar fuerzas para seguir, incluso sacando la fuerza del propio dolor y de la propia ausencia, por parte de gente que sufrió la peor mutilación que puede sufrir un ser humano que es, en el caso de Ester, perder un hijo, y perderlo de esa manera.

– No pudiendo velar sus restos…

– Claro, porque durante veintipico de años no tenía dónde llevar una flor, entonces lo seguía esperando. Esto es lo paradójico de la historia, que yo lo escribo en el prólogo: cuando le comunican que los restos de Horacio han sido encontrados ella tampoco tiene ningún motivo para celebrar, porque dice “sí, ahora tengo donde ir a llevar una flor porque los restos de mi hijo están en este lugar, pero por otro lado ya no tengo que esperarlo más. Que aparezca mata la ilusión de esperarlo”.

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